Para qué gastarse?

No me gusta ver a las personas con tanto vacío emocional o tal deterioro espiritual, tal vez por eso escribo en un blog de facil acceso; para decir con una voz que quiere ser propia que no estamos solos por las calles siempre solitarias de un mundo que ya ubica a Perú en el mapa.







































































Centro de Lima

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viernes, 23 de octubre de 2009

La tele, la moto y la chica

Me dijo que podía sentarme a su lado en la cafetería pues no habían lugares vacíos, me senté con una sonrisa, pero desinteresado en su belleza, más bien alegre por la estela de la charla anterior con Antonio, él me decía que pensó tener canas a los cincuenta y no a los veinticinco. Su cabeza tenia, en igual proporción, cabellos negros, cabellos marrones teñidos y canas.
Me metí en la conversación que se inició por cortesía cuando reparé en lo sabrosa que estaba mi interlocutora: su pelo negro largo adornaba una cabeza mediana a pequeña, su piel canela le dejaba un rastro exótico con esos ojos mieles fulgurantes. Cuando me pegué con sus labios bellamente precisos, delineados y carnosos, supe que estaba en medio de algo, así que empecé a hablarle con gracia y buen humor. Pensaba en como disminuirle la cabeza en medio de violentas imágenes de su piel perfecta sobre sus caderas que parecía mover con gusto para embobarme mientras se paraba a pedir su mocaccino.
Hablamos de su pasado, de su presente, que había salido en la tele en un reality, que había viajado por el Perú viviendo la vida loca, que estudiaba comunicaciones y que le gustaban los perros pero que el ultimó murió de hipotermia en el invierno cuando dormía en su no tan cómoda cama, una chompa vieja que le tiraron en el piso en el patio trasero.
Hablamos solos por un tiempo, pero un sujeto anciano y su acompañante le dirigieron algunas palabras después, igual sentía que tenía preferencia por mí dentro de todas las conversaciones que mantenía y es que la cafetería es chica y ella era bella, mucho diría. Pero la dura pared de la realidad acabaría con mi fe, con mi inocente misión de ser, así nada más.
La cafetería es un stand pequeño que tiene una entrada del tamaño de sus dimensiones que da a la calle. Estábamos tomando café y charlando entre interrupciones jocosas cuando, en mis narices, la bruta realidad me impactó, o mejor dicho yo la impacté con la baja velocidad con la me enrumbaba hacia el lugar de calor más próximo. Llegó un tipo alto y grande en una moto igualmente grande y negra. Al principio no le preste ninguna atención pues la moto no era la gran cosa, o tal vez sí, pero suelo ser despistado en la vida. Ella sí la vio y se dirigió no sé si a mí, o al aire o a la moto por último cuando dijo: qué linda moto y al parecer pensó en secreto sus próximas acciones a seguir. Siguió hablando conmigo pero no fue lo mismo. A pesar de su preferencia por mí, o por mi trato o por quien sabe qué rayos que yo tenía, se la pasó halagando la moto y sosteniendo una ligera conversación con el motociclista de quien no hablaré porque me parece que no tiene la culpa de nada, es inocente, sentenciaría.
Cuando se terminó su café yo ya sabía que tenía enamorado: lo dijo fríamente, no percibí gozo de ningún tipo en su voz, ni en su mirada y aunque algunas personas no demuestran emoción cuando hablan de sus seres queridos, tal vez esta mujer de veintitrés años lo hizo así porque está acostumbrada a no sentir nada cuando dice cosas que involucran pasión o sentimentalismo en cualquier mortal. Creo que exhibirse en televisión, día a día, le quitó la humanidad necesaria para vivir la vida con amor a lo puro, a lo de veras importante. Pero quién sabe, quién sabe desde dónde lo dijo, desde que lugar de su alma, digo. Cuando pidió la cuenta le dije sin mucho floro que no me animaba a pagársela porque tenía enamorado y hasta violento era el tipo, según había escuchado. Me dijo que no me preocupara, pero sin sonrisa y además algo en su mirada se apagó, lástima pibe, creo que pensó. Me dijo chau con indiferencia y salió a la calle, hablo con el tipo de la moto, y luego de algunas palabras, se fue con él dejándome sentado, conmocionado, en la fría banca de la pena con P de… ya sabemos de qué. De patria obvio.

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