Nada salió como se esperaba, enrique había pensado que su insostenible situación cambiaría, que esta vez la suerte lo seguiría como un perro fiel, pero se descubrió de pronto incapaz, frígido, descorazonado, sin fe. Había muerto muchas veces en una ciudad que él consideraba no lo acompañaba, con cierto deterioro reflejado en su delgadez y su semblante puramente romántico, se creía el más desafortunado de los hombres que existían en su vida cotidiana, no conocía a alguien más raro, mezquino, torpe y cretino, todo esto en un momento cada uno, uno a la vez y en eso radicaba su rareza, que siempre andaba cambiando, no era un fluir espontaneo, lineal, él era espacial, pasaba de un plano a otro, sin sentir pena nunca por lo que había dejado atrás, no había pasión en él, nunca se concentraba en cosas que a la larga o a la corta serían como pequeñas y deliciosas contribuciones en su bienestar personal, no. Era una sorpresa salvaje para sus conocidos notar que de pronto enrique solo se iba aparentemente dando pasos carentes de sentido por la vereda donde segundos antes habían estado compartiendo, ellos y solo ellos, no enrique, un mundo lleno de festividad y bienestar, es tan dado a la indiferencia enrique que no me da ganas de seguir hablando de él.
No deberían haber tantos vacíos emocionales, ni nadie que se sienta menos por tener menos Vida. El fin de esta esquina es vigilarme tuitivamente y conducirme, pasando por conocerme, por la Cotidiana locura de una ciudad medio loca/medio linda.
Para qué gastarse?
No me gusta ver a las personas con tanto vacío emocional o tal deterioro espiritual, tal vez por eso escribo en un blog de facil acceso; para decir con una voz que quiere ser propia que no estamos solos por las calles siempre solitarias de un mundo que ya ubica a Perú en el mapa.
Centro de Lima
domingo, 13 de diciembre de 2009
martes, 1 de diciembre de 2009
Cazando estrellas
Voy a sacar a pasear mi dolor como un tonto, hasta acabar conmigo. Por las calles donde nunca nadie entenderá porque se sufre en el malestar nostálgico de una mar de cosas como el recuerdo y la intención de un chico lleno de amor para dar. En un intento por demostrarle al recuerdo que quiero de verdad, sin condición ni sosiego. Porque te hablo con el alma y te miro con el corazón; si no lo entendiste así entonces porque me sonreíste, porque te tomabas el cabello y jugabas conmigo sintiéndote la querida de la tarde, la cuidada, la elegida. Yo te miraba e incluso te cuidaste de no dar una pizca de sensualidad a nadie que no sea yo, cambiando con magia tus estados cuando otro chico menos exactos te seguían con la timidez del apto para ser vencido, el gil no hace nada, pensaba y sentía esa mierda en el pecho que me daba estabilidad y luz verde para seguir. No en vano escribo sobre ti, sobre lo que fui cuando te quise en el silencio de una mirada dirigida a tu alma hecha por mi osadía inocente y socavada con tu rechazo daltónico. Pero quien carajo me creo, pero quién carajo te crees.
jueves, 12 de noviembre de 2009
La venganza de la realidad
La certeza de saberme rechazado me instala en una lúgubre estancia interior, una distante de toda emoción benéfica, agradable en todo caso. Yo pensé que uno debía intentar, inspirado en el sentimiento guerrero de nunca rendirse, algo medio enredado terminando con lo de la esperanza nunca muere. Pero de nada sirvió, de nada. Mucho te festeje en la soledad, mucho me anime a pensar en ti con alegría, en todo caso, durante el corto lapso de mi sentimiento; yo pensé que era la simpatía que sentías por mí lo que te hacía mirarme así, tan suave, pero parece que en realidad piensas que no doy la talla. Llegue a pensar luego de tu “no quiero saber de chicos por ahora” que así sería mi vida en adelante, rechazo tras rechazo, hasta que todos en mi medio me conocieran por eso, por rechazado intentador. Me frustro, me castigo pensando que fui un imbécil, loco apresurado que se muere por querer, fanático de las batallas perdidas. La pregunta es: la pena, vale la pena?
jueves, 5 de noviembre de 2009
Coleccionando miradas en el desván del deseo
No sé en qué habrías estado pensando cuando te miré con deseo delicado o sutil, si quieres, la noche en que te vi en la escalera del malecón. Y no sé en qué estarías pensando porque al sentir que mi intención era sincera, te entregaste a un chico que no podría invitarte ni una copa. Tú tan linda, en jeans ajustados, con el cabello suelto como bandera al viento, cabeza tierna y postura tipo yo-no-sé-nada-señor, eras la manzana prohibida en medio del desierto.
Me impaciento rápido y no actúo con habilidad cuando esto sucede, cuando esto pasa me muerdo el labio, nervioso y suelto sonidos salvadores – delirantes, exclamaciones secas tipo uh o fua. Esta vez no fue el día de excepciones en el colegio, en donde si no has hecho la tarea no pasa nada, sino que tuve que recibir la paleta en la palma que fue que el entorno me aturdiera y todo pasara a velocidad de rebobinador de cintas; me mordí el labio y mi no-tengo-para-copas me dejó fuera de tu percepción, percepción exclusiva de situaciones agradables y no tristes, de tipos graciosos de gestos cancheros. Porque así es tu vida, querida extraña, lo vi en tu vergüenza por querer ser vista una vez más, así como te vi en la escalera del malecón. Tú resumes mi limitación económicamente prosaica y ruinosa, estudiante, hijo del dueño de mi país que no quiere que gaste dinero que yo no haya ganado. Y no he ganado dinero porque sólo escribo lo que siento.
Te veo pronto, chica del malecón. Ya estoy pasando de una mirada dirigida, con chicas como tú, a un hola corazón.
Me impaciento rápido y no actúo con habilidad cuando esto sucede, cuando esto pasa me muerdo el labio, nervioso y suelto sonidos salvadores – delirantes, exclamaciones secas tipo uh o fua. Esta vez no fue el día de excepciones en el colegio, en donde si no has hecho la tarea no pasa nada, sino que tuve que recibir la paleta en la palma que fue que el entorno me aturdiera y todo pasara a velocidad de rebobinador de cintas; me mordí el labio y mi no-tengo-para-copas me dejó fuera de tu percepción, percepción exclusiva de situaciones agradables y no tristes, de tipos graciosos de gestos cancheros. Porque así es tu vida, querida extraña, lo vi en tu vergüenza por querer ser vista una vez más, así como te vi en la escalera del malecón. Tú resumes mi limitación económicamente prosaica y ruinosa, estudiante, hijo del dueño de mi país que no quiere que gaste dinero que yo no haya ganado. Y no he ganado dinero porque sólo escribo lo que siento.
Te veo pronto, chica del malecón. Ya estoy pasando de una mirada dirigida, con chicas como tú, a un hola corazón.
martes, 3 de noviembre de 2009
Y cuándo tomamos ese té?
La vez que me dijiste que no querías que te deje de querer nunca, pase lo que pase, yo me propuse pensar en que tendría que decirte que sí lo haría porque es lo adecuado....además de amarte, pequeña. Mi dinamica cerebral me llevo a primero pensar y luego querer, así estés lejos y sólo me lo hayas dicho via chat (disculpen lo prosaico).
Quise quererte entonces y me agobió la pena en una de saberte distante y fría conmigo, a pesar de tu exquisita forma de querer cuando te lo propones.
Hoy sentado descubro que el deseo de abrazarte y tocar aunque sea de “casualidad” tu piel suavemente firme, me arroja a la ilusión de encontrarte lista para mí y mi humor, que casi siempre es el tuyo mismo, como al compás de una misma canción. No me divierte compararte con fulanas del entorno porque al hacerlo te extraño y si lo hago es porque quiero evitarlas.
Llegas a mí en un auto potente, en una copa de vino, en una mirada inteligente, en un chiste gracioso… y te encuentro.
No soporto los días sin tu manera atractiva y letal de ver las cosas. No sé para donde mirar. Mi sangre hierve y ahuyento el pecado.
Quise quererte entonces y me agobió la pena en una de saberte distante y fría conmigo, a pesar de tu exquisita forma de querer cuando te lo propones.
Hoy sentado descubro que el deseo de abrazarte y tocar aunque sea de “casualidad” tu piel suavemente firme, me arroja a la ilusión de encontrarte lista para mí y mi humor, que casi siempre es el tuyo mismo, como al compás de una misma canción. No me divierte compararte con fulanas del entorno porque al hacerlo te extraño y si lo hago es porque quiero evitarlas.
Llegas a mí en un auto potente, en una copa de vino, en una mirada inteligente, en un chiste gracioso… y te encuentro.
No soporto los días sin tu manera atractiva y letal de ver las cosas. No sé para donde mirar. Mi sangre hierve y ahuyento el pecado.
viernes, 23 de octubre de 2009
La tele, la moto y la chica
Me dijo que podía sentarme a su lado en la cafetería pues no habían lugares vacíos, me senté con una sonrisa, pero desinteresado en su belleza, más bien alegre por la estela de la charla anterior con Antonio, él me decía que pensó tener canas a los cincuenta y no a los veinticinco. Su cabeza tenia, en igual proporción, cabellos negros, cabellos marrones teñidos y canas.
Me metí en la conversación que se inició por cortesía cuando reparé en lo sabrosa que estaba mi interlocutora: su pelo negro largo adornaba una cabeza mediana a pequeña, su piel canela le dejaba un rastro exótico con esos ojos mieles fulgurantes. Cuando me pegué con sus labios bellamente precisos, delineados y carnosos, supe que estaba en medio de algo, así que empecé a hablarle con gracia y buen humor. Pensaba en como disminuirle la cabeza en medio de violentas imágenes de su piel perfecta sobre sus caderas que parecía mover con gusto para embobarme mientras se paraba a pedir su mocaccino.
Hablamos de su pasado, de su presente, que había salido en la tele en un reality, que había viajado por el Perú viviendo la vida loca, que estudiaba comunicaciones y que le gustaban los perros pero que el ultimó murió de hipotermia en el invierno cuando dormía en su no tan cómoda cama, una chompa vieja que le tiraron en el piso en el patio trasero.
Hablamos solos por un tiempo, pero un sujeto anciano y su acompañante le dirigieron algunas palabras después, igual sentía que tenía preferencia por mí dentro de todas las conversaciones que mantenía y es que la cafetería es chica y ella era bella, mucho diría. Pero la dura pared de la realidad acabaría con mi fe, con mi inocente misión de ser, así nada más.
La cafetería es un stand pequeño que tiene una entrada del tamaño de sus dimensiones que da a la calle. Estábamos tomando café y charlando entre interrupciones jocosas cuando, en mis narices, la bruta realidad me impactó, o mejor dicho yo la impacté con la baja velocidad con la me enrumbaba hacia el lugar de calor más próximo. Llegó un tipo alto y grande en una moto igualmente grande y negra. Al principio no le preste ninguna atención pues la moto no era la gran cosa, o tal vez sí, pero suelo ser despistado en la vida. Ella sí la vio y se dirigió no sé si a mí, o al aire o a la moto por último cuando dijo: qué linda moto y al parecer pensó en secreto sus próximas acciones a seguir. Siguió hablando conmigo pero no fue lo mismo. A pesar de su preferencia por mí, o por mi trato o por quien sabe qué rayos que yo tenía, se la pasó halagando la moto y sosteniendo una ligera conversación con el motociclista de quien no hablaré porque me parece que no tiene la culpa de nada, es inocente, sentenciaría.
Cuando se terminó su café yo ya sabía que tenía enamorado: lo dijo fríamente, no percibí gozo de ningún tipo en su voz, ni en su mirada y aunque algunas personas no demuestran emoción cuando hablan de sus seres queridos, tal vez esta mujer de veintitrés años lo hizo así porque está acostumbrada a no sentir nada cuando dice cosas que involucran pasión o sentimentalismo en cualquier mortal. Creo que exhibirse en televisión, día a día, le quitó la humanidad necesaria para vivir la vida con amor a lo puro, a lo de veras importante. Pero quién sabe, quién sabe desde dónde lo dijo, desde que lugar de su alma, digo. Cuando pidió la cuenta le dije sin mucho floro que no me animaba a pagársela porque tenía enamorado y hasta violento era el tipo, según había escuchado. Me dijo que no me preocupara, pero sin sonrisa y además algo en su mirada se apagó, lástima pibe, creo que pensó. Me dijo chau con indiferencia y salió a la calle, hablo con el tipo de la moto, y luego de algunas palabras, se fue con él dejándome sentado, conmocionado, en la fría banca de la pena con P de… ya sabemos de qué. De patria obvio.
Me metí en la conversación que se inició por cortesía cuando reparé en lo sabrosa que estaba mi interlocutora: su pelo negro largo adornaba una cabeza mediana a pequeña, su piel canela le dejaba un rastro exótico con esos ojos mieles fulgurantes. Cuando me pegué con sus labios bellamente precisos, delineados y carnosos, supe que estaba en medio de algo, así que empecé a hablarle con gracia y buen humor. Pensaba en como disminuirle la cabeza en medio de violentas imágenes de su piel perfecta sobre sus caderas que parecía mover con gusto para embobarme mientras se paraba a pedir su mocaccino.
Hablamos de su pasado, de su presente, que había salido en la tele en un reality, que había viajado por el Perú viviendo la vida loca, que estudiaba comunicaciones y que le gustaban los perros pero que el ultimó murió de hipotermia en el invierno cuando dormía en su no tan cómoda cama, una chompa vieja que le tiraron en el piso en el patio trasero.
Hablamos solos por un tiempo, pero un sujeto anciano y su acompañante le dirigieron algunas palabras después, igual sentía que tenía preferencia por mí dentro de todas las conversaciones que mantenía y es que la cafetería es chica y ella era bella, mucho diría. Pero la dura pared de la realidad acabaría con mi fe, con mi inocente misión de ser, así nada más.
La cafetería es un stand pequeño que tiene una entrada del tamaño de sus dimensiones que da a la calle. Estábamos tomando café y charlando entre interrupciones jocosas cuando, en mis narices, la bruta realidad me impactó, o mejor dicho yo la impacté con la baja velocidad con la me enrumbaba hacia el lugar de calor más próximo. Llegó un tipo alto y grande en una moto igualmente grande y negra. Al principio no le preste ninguna atención pues la moto no era la gran cosa, o tal vez sí, pero suelo ser despistado en la vida. Ella sí la vio y se dirigió no sé si a mí, o al aire o a la moto por último cuando dijo: qué linda moto y al parecer pensó en secreto sus próximas acciones a seguir. Siguió hablando conmigo pero no fue lo mismo. A pesar de su preferencia por mí, o por mi trato o por quien sabe qué rayos que yo tenía, se la pasó halagando la moto y sosteniendo una ligera conversación con el motociclista de quien no hablaré porque me parece que no tiene la culpa de nada, es inocente, sentenciaría.
Cuando se terminó su café yo ya sabía que tenía enamorado: lo dijo fríamente, no percibí gozo de ningún tipo en su voz, ni en su mirada y aunque algunas personas no demuestran emoción cuando hablan de sus seres queridos, tal vez esta mujer de veintitrés años lo hizo así porque está acostumbrada a no sentir nada cuando dice cosas que involucran pasión o sentimentalismo en cualquier mortal. Creo que exhibirse en televisión, día a día, le quitó la humanidad necesaria para vivir la vida con amor a lo puro, a lo de veras importante. Pero quién sabe, quién sabe desde dónde lo dijo, desde que lugar de su alma, digo. Cuando pidió la cuenta le dije sin mucho floro que no me animaba a pagársela porque tenía enamorado y hasta violento era el tipo, según había escuchado. Me dijo que no me preocupara, pero sin sonrisa y además algo en su mirada se apagó, lástima pibe, creo que pensó. Me dijo chau con indiferencia y salió a la calle, hablo con el tipo de la moto, y luego de algunas palabras, se fue con él dejándome sentado, conmocionado, en la fría banca de la pena con P de… ya sabemos de qué. De patria obvio.
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