Artemio estaba apelmazado en un asiento desvencijado de un bus que él ya no podía soportar más, sobre todo esto por la risa afeminada, burlona y estúpidamente infantil de un niño gordo que creía que la vida era solo ser sin haber vivido antes, como todos los insolentes de su clase. Artemio había crecido llevándose bien con los niños, fácilmente los hacía sus amigos. Cuando se hizo más grande sentía cierta pena que no alcanzaba a aceptar como tal por los niños que, sin entender muchas cosas, sufrían en un cuerpo provisto de los mismos materiales que los de un adulto; no sabía que los niños tenían una forma de palear el sufrimiento con los juegos y la imaginación. Pero Artemio consideraba esta “pena” parte de su bagaje espiritual que cargó desde que se inició recitando poemas que no entendía pero que sentía y lo hacían crecer según una extraña teoría que sólo el otro día había desechado por ridícula en una de sus sesiones de aprendizaje de la vida que normalmente hacia mientras escuchaba música en su reproductor y meditaba. Pero cuando se hizo adulto, era joven, tenia treinta, pero ya era adulto, de deshizo de sus experiencias infantiles y empezó a engendrar un desprecio por los niños y por los animales que no eran salvajes; él ya no los quería, no se entretenía con ellos, no le causaba placer observarlos jugar, a los dos, niños o animales. Pero a pesar de esto Artemio creía en Dios y cuando hablaba de Él lo hacía de forma natural, sin impostar la voz, sin querer ser más bueno de lo que era y es que tal vez Artemio era ya una persona buena, poco inteligente y tolerante pero buena al fin y al cabo, de allí la naturalidad al hablar de Dios, no sentía culpa por despreciar a los niños cretinos que se parecían a sus padres cretinos. Más no con todos los niños era así, había algunos, especiales, que entendían el mensaje de no-todo-es-joder-en-la-boda.
Artemio soñaba con un mejor presente, soñar con un mejor futuro era como querer que la próxima enamorada te quiera más cuando la actual te está dando la última oportunidad, intuía él, por eso se enfocaba tanto en el presente. Tal vez su conducta era algo desidiosa y poco decidida y es que él no era un activista de su nación; es más, esta lo decepcionaba en cada cosa que veía, en la mueca-gesto de los “menos” cuando un “grande” se portaba como inocente. A los ojos de sus “hermanos” solo los más pendejos eran dueños de la verdad y eso le jodía como el culo a Artemio, por eso siempre se había considerado un paria, un apátrida, un desterrado simbólico de la tierra de los majaderos, de los mezquinos, de la estirpe de insanos que mayormente comprendían gran parte de su realidad, realidad que él asimilaba con hidalguía y estoicismo, pero que despreciaba y lo habían convertido en un tipo raro pero auténtico, nostálgico pero optimista, paciente y valiente.
Por eso lo traía loco el odioso niño gordo que se cagaba en su quiero-un-viaje-tranquilo y se regodeaba en el propio es-mi-domingo-feliz-no-me-jodan. Qué castigo Dios, fue lo que dijo antes de golpear con el puño el asiento donde segundos antes el jodido y afeminado niño gordo lo atormentaba con sus mundos deformes interiores. Si esta historia es al revés no es cuestión de óptica, es cuestión de comparar, es lo que diría Artemio.
Artemio soñaba con un mejor presente, soñar con un mejor futuro era como querer que la próxima enamorada te quiera más cuando la actual te está dando la última oportunidad, intuía él, por eso se enfocaba tanto en el presente. Tal vez su conducta era algo desidiosa y poco decidida y es que él no era un activista de su nación; es más, esta lo decepcionaba en cada cosa que veía, en la mueca-gesto de los “menos” cuando un “grande” se portaba como inocente. A los ojos de sus “hermanos” solo los más pendejos eran dueños de la verdad y eso le jodía como el culo a Artemio, por eso siempre se había considerado un paria, un apátrida, un desterrado simbólico de la tierra de los majaderos, de los mezquinos, de la estirpe de insanos que mayormente comprendían gran parte de su realidad, realidad que él asimilaba con hidalguía y estoicismo, pero que despreciaba y lo habían convertido en un tipo raro pero auténtico, nostálgico pero optimista, paciente y valiente.
Por eso lo traía loco el odioso niño gordo que se cagaba en su quiero-un-viaje-tranquilo y se regodeaba en el propio es-mi-domingo-feliz-no-me-jodan. Qué castigo Dios, fue lo que dijo antes de golpear con el puño el asiento donde segundos antes el jodido y afeminado niño gordo lo atormentaba con sus mundos deformes interiores. Si esta historia es al revés no es cuestión de óptica, es cuestión de comparar, es lo que diría Artemio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario